
- Cuando baja el río
La obra de Bendayán irradia una neorrealidad urbano-popular, una postmodernidad violenta, real, luminosa. Quizás la característica más resaltante, sutil e inadvertida en su trabajo es la apropiación de estéticas populares, fotográficas y pictóricas muy particulares, que han servido durante años para valorizar a los ancestros y a los seres queridos. No solo se trata de la estética de la peluquería o del bar techno tropical sino de la imagen de los padres y abuelos sobre el lobby de la sala o la fotografía –en este caso familiar– de retratos cuyo lenguaje Bendayán toma y transfigura en una nueva propuesta visual.
Esta propuesta se halla ligada también al nostálgico recuerdo de la infancia y la adolescencia. Es por eso que sus personajes se encuentran en una realidad paralela, en un no tiempo, en donde recuerdo y realidad se juntan para crear una nueva imagen explosiva de lo real. Claro, su propuesta visual está cargada de perturbación y aparecen nuevos referentes, como el referente travesti –personaje simbólico– que emerge como el hidalgo de la ficción que plantea el artista. Este travesti es el Quijote en esta historia, en donde la ambigüedad representada es la forma de presentar los sexos opuestos que, según Bendayán, se encuentran en cada persona. Es un valor en su obra haber traspasado los espacios protegidos por los medios institucionalizados del arte, que no han podido contener esta fiebre tropical. Su trabajo refleja una dureza de forma y una explosión de colores que nos hacen recordar de manera caricaturizada o exagerada la vida tropical en la selva del Perú. Se trata entonces de la búsqueda de la identidad visual en su tierra de origen, de encontrar una imagen popular amazónica del Perú.
Su obra da luz a personajes y aspectos de la vida cotidiana que normalmente se encuentran perdidos en la oscuridad, caracterizados dentro de un marco de vulgaridad o lumpenizados. Este lenguaje los rescata de lo más “oscuro” de esta realidad tropical y los hace vivir a través del color. La luminosidad de su pintura le agrega belleza a la semiótica despertada y a los referentes ancestrales sagrados vinculados con la cultura de la selva –a las visiones que despierta el ayahuasca (como en la serie Huampi boa )–, relacionándose siempre a un erotismo intermitente pero siempre presente, que varía en intensidad dada la perturbación o el escape que termina liberando: la revelación que hay tras lo escondido, tras lo más raro, tras lo apocalíptico. Que termina siendo la condición humana.
Ni más ni menos.
