Un romántico sin romanticismo
Miércoles 7 de noviembre de 2007 por Camaleon

- Notion motion
- Rotterdam, Netherlands, 2005, Collection Museum Boijmans Van Beuningen
Olafur Eliasson nació en Copenhagen, Dinamarca, en 1967. Estudió en la Academia Real de Bellas Artes de su ciudad natal entre 1989 y 1995. Realizó dos estancias largas en Nueva York (1990-1991), donde se familiarizó con el minimalismo californiano de la década de los sesenta del movimiento Light and Space, liderado por James Turrel y Robert Irving (cuya biografía Seeing is forgetting the name of the thing one sees de Lawrence Weschler fue crucial en la formación del joven Eliasson). Comenzó entonces a experimentar, à la Lucy Lippard, con la dematerialización de la obra de arte ( Sunney , 1995; su primera obra expuesta en Stuttgart después de su graduación [1]), para luego ahondar en las condiciones experienciales a partir de las reflexiones de la psicología de la Gestalt y la fenomenología de Merleau-Ponty y Henri Bergson. La apropiación de estas reflexiones constituye el núcleo teórico de su propuesta: comprometer al espectador en una experiencia psico-física por la cual tome conciencia de su rol activo en la experiencia de sus instalaciones. Así pues, las instalaciones de Eliasson se valen de la epistemología fenomenológica para situar al individuo en la toma de conciencia de aquel ámbito prerreflexivo de mentar la realidad en su simple aparecer. No obstante, en numerosas ocasiones su obra ha sido relacionada con los románticos alemanes.
Sus instalaciones recrean los paisajes y condiciones atmosféricas sublimes de su Dinamarca natal y de su querida Islandia (donde pasó gran parte de su infancia y a la que visita con frecuencia durante el verano). Se ha catalogado su obra como una especie de tecno-romanticismo justamente por el punto de partida de sus reflexiones, a saber, la relación entre hombre y naturaleza, dándole empero un novedoso giro gracias a las reflexiones fenomenológicas y al uso de la nueva tecnología en la construcción de sus instalaciones.
El romanticismo se desarrolló durante el siglo XVII –hasta su decadencia en el siglo XIX–con el simbolismo de un Gustave Moreau en la pintura o de Mallarmé en la poesía. La sensibilidad romántica se caracteriza por oponer la imaginación a la reflexión. Hölderlin dirá: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. En efecto, el artista romántico apela al mundo rico e informe de la imaginación, de los sueños, a la fértil turbulencia que, todavía no cercenada por la capacidad analítica del hombre, aloja los flujos más verdaderos y espontáneos de la subjetividad. Esta turbulencia aún no domada, dolorosa pero fecunda, es el Inconsciente.
La idea general del romanticismo es sustituir, más que destruir, la argumentación racional, mediante un sentimiento de pertenencia a un cosmos que precisamente por ser incondicionado solamente podría encontrarse, paradójicamente, a través de la destrucción o la descomposición de las limitaciones de la realidad objetiva. El cosmos romántico está escindido: por un lado la ontología de la libertad y la del fenómeno natural, entre el ser y el deber ser, entre la moral y la naturaleza. Este hiato pretende ser suturado y finalmente reconciliado por los románticos apelando al mundo interior del artista, reflejado en el carácter sublime de la naturaleza [2]. En numerosos cuadros se explicita el sentimiento de escisión frente a esta, que aparece ante el artista como enajenada, sintiéndose invadido por un temor metafísico al comprobar el ilimitado poderío de su alcance. Cf. De Caspar David Friedrich: Gruta sobre la bahía de Nápoles, Monje contemplando el mar, Acantilado de yeso en la isla de Rügen o Mujer en la ventana .
El artista romántico es el primero en la historia del arte que rompe con el concepto de mimesis, tan caro para la tradición estética de Occidente. Cuando pinta la naturaleza, pinta la representación que de ella ha procurado el sentimiento, la memoria o la imaginación; si bien los motivos son paisajes y ruinas, el tema central es un tiempo distinto al histórico objetivo [3]. Ya no pretende reproducir la realidad, sino más bien destruir la costra de esta, de lo bien definido de las cosas, de la impresión clara y distinta, para a través de esa ruptura vislumbrar lo incondicionado, lo infinito. Habla de una profundidad abismal, del insondable portento que anida en el interior del alma humana. El sentimiento de lo sublime se alimenta de ese fondo. La gran paradoja de la sensibilidad: el hombre reconoce su grandeza a partir de su finitud cuando frente a los abismos de la naturaleza, a los insondables horizontes marítimos, a la reverencia umbrosa de los valles o en la iluminación del amanecer, ante todas estas inmensidades sublimes, se insufla su alma de un aire superior de fascinante terror: un sentimiento sublime.
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[1] Sunney (1995, Stuttgart): Sunny es el primer trabajo presentado al salir de la academia en el Künstlerhaus de Stuttgart. Consistía en un plástico de mylar amarillo dividiendo el espacio rectangular de la galería en dos partes no iguales, cada una con su propia entrada. Dependiendo de la posición de uno en la sala se encuentra en un espacio vacío blanco y frente a otro espacio vacío pero cargado de un volumen cromático amarillo que parece casi sólido en densidad óptica. Esta es procurada por la delimitación planteada entre los dos espacios por el mylar amarillo. Si uno entra en el espacio más grande del plano amarillo, la geometría del espacio opuesto se diagrama según se tome conciencia del espacio que cubre dicho color, como si este lo delineara. Pero en realidad se trata de un esfuerzo que automáticamente emprende la intención visual, nos es mostrado. Nos sentimos viendo.
[2] Recordemos aquí la filosofía de Emmanuel Kant, cuya obra será la súper nova de la que nacen tanto el romanticismo como el idealismo alemán.
[3] Si acaso existe algún historiador objetivo.
