Mimetismo y conciliación en la obra de

Roosevelt Díaz

Por Mayra Zamarra (Panamá)

Sábado 26 de mayo de 2007 por Camaleon

Con figuras que emergen sin la otrora simplicidad de lo rupestre, enmarañadas en una búsqueda existencial, el pintor Roosevelt Díaz continúa explotando en sus nuevas muestras pictóricas un estambre de recuerdos, como quien se vale de la selección de fibras impregnadas de taninos ¿para acaso vestirse de un nuevo manto con el que cabalgar otros senderos? Esta suposición personal la ampliamos conversando con el artista la tarde en que nos concedió una entrevista, génesis de este artículo, mientras le pedíamos que nos explicara la presencia en sus últimos lienzos del elemento híbrido jineteado por un ser andrógino de erizada cabellera. Salieron entonces a relucir Hermann Hesse y el demonio de los campos, Pablo Neruda y la lámpara en la tierra, Carlos Castaneda y el don del águila. El pintor nos habló así de las diversas etapas que han enriquecido paso a paso su obra pictórica.

Roosevelt Díaz De su más tierna infancia, Roosevelt evoca recuerdos del verdor y la abundante flora que rodeaba su entorno, las titibúas y las tortolitas, los monos aulladores que se desplazaban entre los árboles, el olor a cananga y flores de mirto, a hierba seca y hojarasca mojada. Era la exuberante vegetación en aquel paraíso infantil que califica como su etapa más digna.

De pequeño incursionaba con otros niños en un vertedero, “El Agallito”, a fin de buscar cobre para vender, poder comprar luego mi primera manilla de béisbol e ir a ver las películas de artes marciales que proyectaba el teatro del pueblo. Encontraba entre otras cosas residuos de témperas y restos de lápices con los que, al llegar a casa, garabateaba lo que me dictaba la imaginación.

Las privaciones propias de la pobreza del hombre de campo y una sequía prolongada en la región que habitaba fueron factores que marcaron al artista, quien armado solamente con un corto machete encontró una fuente de sustento en un ingenio de su pueblo natal. Todas las quincenas veía pasar los buses llenos de trabajadores e imaginaba un lugar promisorio donde ganarse el sustento y continuar sus estudios. Una cruda realidad lo esperaba en las barracas, donde tendría que bregar con hombres endurecidos por las faenas de la zafra y con quienes tuvo que rifárselas a la hora de elegir las parcelas de corte de caña. Era un ambiente agresivo por la índole del trabajo, pero donde encontró también nobleza y calidad humana. Es allí, durante las duras labores de las quemas, previas al corte de la caña, cuando el sufrimiento y la depredación de que son víctimas los animales, que huyen despavoridos del fuego para salvar sus vidas, dejaron huella imborrable en la memoria de Roosevelt. Enfermo a causa de beber el agua contaminada que se repartía a los trabajadores en las barracas, vio la muerte de cerca en los tugurios donde perecieron algunos de sus compañeros de faena.

En 1985 Roosevelt regresa al pueblo de Chitré y se matricula en la Escuela de Artes Plásticas. En el plantel funge como aseador, mensajero y sereno. Allí adquiere también el reconocimiento y apoyo de sus profesores que lo estimulan al ver su compromiso con el arte. Su presencia a tiempo completo en la escuela lo induce a la investigación y a la experimentación en sus ratos libres, y logra graduarse con honores. En 1986 inicia su labor profesional con la Galería Magna, hoy Galería Imagen.


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