
- La mesa.
- Técnica mixta sobre lienzo. 120 x 120 cm.
Este trabajo es distinto al expuesto en 1996 en donde la mirada de la artista se encuentra nuevamente puesta en los puntos trascendentes. La presencia de puertas o umbrales de intención multidimensional se vuelve intrigante y concreta. Reminiscencias de una carga genética que trae un pasado familiar judío y que se revela en las obsesiones intuitivas de Wolloh, quien las retrata sin complejos, mostrando nuevas formas y lugares de paso; en donde la técnica de velado y capas produce un efecto de transparencias que permite que aparezcan los ecos de la artista, vinculados a la experiencia de supervivencia de abuelos y otras familias al Holocausto. Lo básico en la obra resulta ser la raíz judía. Se da una suerte de caligrafía personal, una Toráh propia, como señala la artista.
La serie en donde aparece la mesa de trabajo, uno de los símbolos más potentes para Wolloh y que tiene un magnetismo semihipnótico, representa una de las etapas más fuertes, en vista de la obsesión que le suscita este tema, la mesa es el lugar donde suceden las cosas, situaciones importantes dentro de una estructura simbólica que podríamos denominar humana: por un lado en la mesa comes, anota la artista, por física pura funciona esta condición-elemento que parte de una naturaleza elemental, y por el otro lado es el lugar en donde escribes. Es servir al otro finalmente, es la generosidad, la entrega, concluye. Nuevamente una funcionalidad tan particular y determinante en la vida de un ser humano, tan diferenciadora, que se manifiesta como una virtud y a la vez como un gesto maravilloso de la naturaleza que le da valor.
Estos formatos mantienen un gesto primitivo y se encuentran realizados en blanco y negro para lograr esa marca esencial. Conservan una naturaleza orgánica a través de los diseños floreados que se encuentran velados tras transparencias y en la misma composición de la mesa. El mundo personal de la artista con sus tiempos pasado y presente, y con el futuro integrado a esa concepción temporal, terminan por determinar una configuración metafísica en la pintura de Wolloh, algo que podríamos denominar una presencia fantasmal, como si en las piezas deambulara el alma.
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