La soledad poblada de Rosi Schwartzman
Lunes 18 de agosto de 2008 por Camaleon

- Árbol, 2005.
- Acrílico sobre lienzo con collage. 40 x 50 cm
El momento que atraviesa hoy manifiesta un claro afán de renovación con respecto a todo lo hecho anteriormente, afirmación que hace con el desprendimiento y el aplomo de quien confía en su propio lenguaje pictórico. Hoy en día su pintura está hecha de destellos, de naturaleza figurada –siempre autorreferencial y atópica–, en la cual se desdibuja su propio yo y se asoma la vida en su aspecto más esencial. No parece entonces arbitraria la vinculación de su trabajo último con el arte milenario oriental. Los formatos apaisados, medianos y pequeños, son completamente inusuales respecto a la producción anterior de la autora, y parecen dispuestos, como los haiku, a la visión. Otra novedad frente una etapa anterior de colores brillantes y planos es que la composición parece pautada por elementos texturados, superpuestos al lienzo como materia frágil y volátil, y por el armonioso juego de luces y temperaturas que pueblan el aire.
El uso consciente del color es un elemento cautivador en toda su obra. El color habla en la obra de Rosi Schwartzman. Hacia mediados de los años ochenta, los cuadros de Rosi dejaron los colores saturados y fueron visitados por personajes espectrales pintados en blanco, abandonados en escenarios de una colorida opacidad. Un velo gris aplacó sus vivos contrastes. Esta serie, inspirada en vendedores ambulantes, daba cuenta de tenues presencias ante lugares modificados en el tiempo, como fantasmagorías que no encuentran su hábitat natural, o que en su defecto, no lo reconocen. El collage y la aparición de texturas datan de este mismo período y muestran, a modo de juegos compositivos paralelos a un fondo urbano, heridas cosidas sobre la piel rasgada del paisaje ( Vendedor de café , 1986). Esta serie experimental coincide con los años más álgidos de la guerra interna en el Perú y con la pauperización de los inmigrantes en Lima, materializada en la errática presencia de vendedores ambulantes en su obra.
Hacia fines de la década de los ochenta, ya Rosi Schwartzman presentaba a través de su pintura rutas alternas a la ciudad, bicicletas abandonadas sobre trochas de tierra, envueltas en el intenso deseo de la huida hacia el boscoso interior, y quizá el temor a encontrar rocas yermas en vez de árboles. Las rocas invadieron los lienzos de Rosi Schwartzman, poblándolos con sus tonos ocres y cobrizos. Las bicicletas espectrales lucían abandonadas en grutas y quebradas. Las grietas de la propia tierra parecían tener el poder de tragarlo todo ( Explicación , 1991).
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