La estética enigmática de
Lunes 18 de agosto de 2008 por Camaleon

- Fabulas, 2008.
- Acrílico sobre tela. 50 x 58 cm
La intensidad de esta obra se encuentra –paradójicamente– armada de indicios casi invisibles, de presagios; su libertad de asociaciones desarticula toda tentativa de interpretación unívoca. La fuerza fantasista e inventiva del artista transforma la evocación del mundo real haciéndolo bascular entre lo inverosímil, la parodia y la provocación; solicita nuestro imaginario, ingresamos en la obra a través de una rasgadura que abre la exégesis de su mensaje.
El tratamiento de la figura es inclasificable, pudiéramos relacionarlo con el surrealismo o la figuración narrativa; sin embargo, Moico Yaker impone su lenguaje desprendiéndose de nociones de unidad de estilo para ofrecer una visión convulsiva, eficaz y sorprendente de la historia comparada de culturas, más bien próxima al posmodernismo. Por medio de metáforas o analogías –a menudo irónicas–, referencias históricas o culturales, utilizando la fragmentación de imágenes o su camuflaje, y manejando toda suerte de juegos narrativos, desemboca, insidiosamente, sobre un cuestionamiento iconoclasta del sistema de valores establecidos y de la historia.
En efecto, interroga a la historia, dialoga con ella y la hace perdurar en el presente. Toma prestados episodios históricos y religiosos, los trastoca, sus telas devienen entonces un lugar de encuentros sorpresivos, improbables, proponiendo, por medio de este distanciamiento, una nueva lectura del pasado. Y libera, con sano humor y espontaneidad, las imágenes de su gueto histórico, iconográfico o cultural.
La obra de Moico Yaker nos coloca sin equívocos ante un trabajo profundamente mestizo. El artista convoca sus herencias con la licencia de quien las conoce y las posee intensamente. Si bien la acción de cruzar influencias, colocarlas en perspectiva, sanar el terreno de exotismos y nostalgias comprende una parte de juego, exige igualmente una inversión personal y se expone a numerosos riesgos como serían los de la superposición banal o de un re-make superficial.
¿Cómo abordas esta temática? ¿Funciona como un detonante de ideas o representa, más bien, un enigma? Durante mi infancia y adolescencia viví muy cercano a la cultura y al sentimiento indio. En mi seno familiar judío gustaban mucho de lo criollo, del folclore, de la chacra; se había adoptado rotundamente la identidad peruana. Siempre he buscado un paralelismo entre un mundo heredado, de tradiciones fuertemente vividas en la cultura judía como una cultura que ha sido maltratada, y mi otra cultura, la cultura andina, mi otro pueblo, que es el peruano, también maltratado; paralelismo igualmente entre la lengua hebraica y el quechua. Es una idea jalada de los pelos –no existe prácticamente ningún paralelismo–, pero yo trato de concretarla porque allí me encuentro. Me interesa formular la historia judía a través de una representación indígena, lo he hecho en varias ocasiones. Al abordar este tema siempre encuentro problemas pero también soluciones: por ejemplo, últimamente estoy releyendo la obra de José María Arguedas de la mano de Vargas Llosa. La lectura de esta obra ha reforzado mi interés por la época del indigenismo, me siento próximo a Arguedas; salvando las diferencias, por supuesto. Dentro de esta temática realicé, en el 2000, un proyecto expositivotitulado “Reducciones”, donde desarrollé la idea de judaizar a los indios en lugar de cristianizarlos.
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