Desciframiento y re/escritura en la obra reciente de Eduardo Villanes

La Escritura Del Dios.

Por Manuel Munive (Lima)

Lunes 11 de junio de 2007 por Camaleon

Era sumamente difícil avizorar el periplo visual que Eduardo Villanes [1] seguiría después de presentar en 1994 la video instalación Gloria Evaporada y que mantendría la pintura –después de sus incursiones mediáticas– como disciplina en ejercicio constante.

Aunque podía objetarse el significado hermético de cada una de sus partes –pues conjugó instalación, video, fotografía, ambientación sonora–, Gloria Evaporada, que soslayó desde su concepción las reglas del esteticismo museográfico y por ello eludió la usual “asepsia” expositiva, traslucía, sin embargo, un compromiso ético desbordante y pertinente con lo que acontecía en aquellos tiempos [2]. Y antes que un hito que explica visiblemente el desarrollo de su búsqueda futura, Gloria Evaporada –que merece en un espacio más amplio, al menos de una aproximación descriptiva para su esclarecimiento– constituyó para su autor una vía de acceso a nuevas instancias estéticas. Este artículo presenta una breve aproximación al proceso pictórico de Eduardo Villanes, desde 1998, así como al que lo lleva a realizar aquellas insólitas obras mostradas desde 2004, denominadas por el artista como “microtelares”.

Piel. Monocromía y texturalidad

Fue en 1998, con su participación como finalista del II Concurso del Patronato de Telefónica, cuando Villanes presenta los resultados de un trabajo pictórico que se mantiene activo hasta hoy. En aquella breve serie las pinturas absolutamente negras planteaban módulos o patrones geométricos de representación antropomorfa de difícil reconocimiento, que fueron trazados por raspado de la superficie fresca del óleo. Supimos después que estos provenían de sus pesquisas en torno de la decoración de la cerámica tradicional amazónica, particularmente shipiba.

El perfeccionamiento de esta técnica lo lleva a representar en negro una breve serie de siluetas de animales que gracias al tratamiento de su “piel”, reconocemos como jaguares agazapados en la espesura, mimetizados con su entorno.

Hacia fines del año 2000 Villanes organiza y exhibe una decena de pinturas en una muestra colectiva de tema amazónico [3]. El número de obras presentadas –prácticamente una individual– demostraba que había sintonizado en lo pictórico con una línea que desde la monocromía o bicromía –pues incorporó el color dorado– y la texturalidad le permitía replicar ciertas superficies “vivas”, en este caso la piel de las serpientes, como si tratase de “reescribir” –grabar, marcar, punzar– y traducir intuitivamente “La escritura del dios” [4] que dicha “ornamentación” natural encierra. Un ejercicio arduo que conllevaba también el acceso a la sacralidad latente en la naturaleza y la ritualidad cultural que restablece el vínculo con ella.

[1] Artista visual peruano nacido en Lima en 1967. Egresó con la Medalla de Plata de la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú en 1994. Su trabajo abarca los campos de la pintura, la performance, la fotografía y la instalación. Ha realizado cinco exposiciones individuales, dos en Perú y tres en los Estados Unidos. Integró el año 2004 la selección de artistas que anualmente hace el Museo de Arte del Bronx, N.Y., denominada “AIM – 24”. Reside y trabaja en Nueva York.

[2] Gloria Evaporada, se realizó en la galería de la Escuela de Arte de la Universidad de San Marcos. Esta obra surgió como reacción ante un hecho que conmocionó a la sociedad peruana: después de una redada militar, ocho estudiantes y un profesor de la Universidad Nacional La Cantuta, presuntamente implicados en acciones subversivas, fueron detenidos y desaparecidos. Sus restos calcinados fueron exhumados, mucho tiempo después, gracias a un “soplo”, en las inmediaciones de los cerros de Cieneguilla, en Lima. La autoría de estos crímenes, según vox populi, correspondía a un grupo paramilitar del gobierno por lo que los responsables gozaron de impunidad. Irónicamente los huesos recogidos se trasladaron en cajas de cartón de leche “Gloria” y así fueron entregados a sus deudos. Este fue el gesto que desencadenó el proceso creativo que llevó a Villanes a concebir y realizar Gloria Evaporada. Dicha obra permanece en nuestra memoria como paradigma de la potencialidad artística desbordada por un rapto ético, tal vez uno de los primeros –sino el primero entre los artistas jóvenes– y uno de los pocos que prescindieron de los afanes de figuración y oportunismo surgidos posteriormente.

[3] Titulada Provincias de la noche sin distancia, esta muestra adoptó la forma de una exposición/homenaje pues se inauguró a los pocos días de la muerte del poeta loretano César Calvo.

[4] “La escritura del dios” es el título de un cuento de J. L. Borges que sugirió a Villanes una manera de hacer. En él, Tzinacán, último sacerdote de un dios azteca, encerrado por los españoles en una mazmorra de arquitectura insólita, descubre el mensaje de la divinidad, escrito en la piel de los jaguares: “Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. (…) Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. (…) Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra” El Aleph. Buenos Aires, Alianza Emecé, 1971.


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