ARTISTA

ESPACIOS NEGIB

Por Élida Román, crítica y curadora independiente

Miércoles 20 de mayo de 2009 por henry

Luz Negib es una artista inclasificable dentro de los esquemas conocidos de la pintura peruana del siglo XX. Cuando en 1962 egresa, con los honores y las distinciones del momento, de la Escuela de Arte de la Universidad Católica, comienza una etapa de búsqueda y aprendizaje espontáneo que la lleva desde el Slade College of Fine Arts de Londres, adonde llega becada, hasta la experiencia pedagógica en la Universidad de Huamanga, donde el encuentro con elementos profundos, ancestrales y definitivos de la cultura peruana marca su personalidad y, por consiguiente, su percepción de pertenencia y trabajo, prefigurando los motivos futuros de sus pinturas.
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La semilla del sol.
Acrílico sobre tela. 140 x 100 cm

Durante esa década realiza sus primeras presentaciones personales en Lima (Instituto de Arte Contemporáneo, Galería Carlos Rodríguez Saavedra, Instituto Art Center) y en Londres (Drian Galleries). Presentaciones que, en una primera etapa, muestran aún los rastros del aprendizaje y la influencia de sus maestros, sobresaliendo las figuras de Fernando de Szyszlo y Adolfo Winternitz. Una abstracción expresionista de rasgos fuertes y composición definida en planos, pero también la aparición de un dibujo que comienza a desarrollar lo que, años mas tarde, será una constante, una marca de estilo en su pintura: el espacio como representación y también como simbolización.

Hacia fines de esa década Luz Negib irrumpe con una propuesta en la que, por primera vez y para asombro unánime, el humor es utilizado como elemento vital para un discurso donde la mirada a la burguesía, al sistema tácito de modales, costumbres, atavíos y usos es reflejada en una serie convocada bajo el título de “La familia Pérez”. Pretexto de un genérico para un estupendo despliegue de ironía y un comentario que no deja espacio a la duda.

Dentro de esta línea, y a través de la siguiente década, aparecieron “Las doñas”, las “Caperucita y los lobos”, pero también las “Flores y frutos”, el “Paraíso”, los “Árboles imaginarios” y las “Flores del bien”, donde se agregaba un innegable componente erótico que terminó de completar esa visión del mundo inmediato y cotidiano, pero también autobiográfico.

Si bien la experiencia ayacuchana significó un re-descubrimiento de la cultura, también lo fue de la grandiosidad geográfica. El desarrollo de un sentimiento de pertenencia a un escenario único, vasto y propio, que ofrecía el incentivo de un misterio inalcanzable, esa sensación de habitar un fragmento de cosmos cuya magnitud y extensión son infinitas y asombrosas.

Viajes por el Perú confirman esta riqueza inaprensible y despiertan una necesidad de integrarse a ese ámbito inmenso.

(...) artículo completo en la revista


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