Claudio Roncoli Juegos de poder
Viernes 4 de junio de 2010 por camaleonV

- Familia tipo
- Técnica mixta sobre blackout, 150 x 200 cm
Las temáticas de la guerra, la condición de la mujer en nuestra era y las industrias culturales forman parte del bagaje de pinturas, collage y serigrafía –o más precisamente de técnica mixta– de este artista porteño de 38 años. Y aun así, Roncoli no renuncia a aquello que marcó su imaginería más básica: su infancia rodeada de juegos y juguetes gracias al trabajo de su padre como propietario de un negocio de productos para niños.
Si bien los últimos años de su obra vienen cargados de un discurso más crudo y brutal respecto a épocas anteriores, no es tarea compleja dilucidar su especial afinidad por el colorido mundo de la niñez feliz y la inocencia que, por lo general, la acompaña. Por ello no es gratuito que sus reflexiones y críticas a la condición femenina contemporánea –típicamente asociada a roles predeterminados como la maternidad, las labores domésticas y la sexualidad a través de los medios de comunicación de masas, a pesar de estar largamente liberada de ellos en otros ámbitos– formen parte esencial de su preocupación actual, como veremos en la entrevista a continuación.
artmotiv: Los críticos parecen estar de acuerdo en que tu obra está marcadamente influenciada por una especie de memorabilia repleta de recuerdos infantiles, sumada a diversos referentes de la cultura popular de las últimas décadas, recontextualizados por ti. ¿Qué otros elementos, quizá algo más sutiles, están presentes a lo largo de tu obra? ¿Cierto sentido de violencia quizá?
Claudio Roncoli: El tema de la violencia es justo lo que vengo trabajando hace un tiempo en mis obras, primero la de la publicidad con el uso de la mujer como objeto y luego la de la guerra misma como elemento de poder de los fuertes sobre los más débiles, como expresión extrema de los pueblos para tomar decisiones.
La publicidad utiliza a la mujer para vender: tetas-cerveza, piernas-auto, sonrisa-detergente, culo-yogur. Tal vez sea violencia indirecta, pero afecta a la figura del “ama de casa”, estereotipada como una persona que no hace nada y no tiene pensamientos, salvo para comprar.
En mi obra hay una belleza primera, pero si se mira por detrás encontrarán un abismo, y ese abismo es el que nos hace pensar en qué mundo vivimos. La guerra me atrae porque me parece una comedia dramática de los gobiernos, que son elegidos por la gente y luego la usan para matar. Quienes mandan a jóvenes a asesinar y ser asesinados tienen algo en la cabeza que aún no entiendo, pero al menos lo intento… De todo esto nace Black Life , donde un conjunto de obras (pinturas, video e instalación) se expondrá en algunos museos y espero que ayude a las personas a meditar un poco más acerca de estos temas.
¿Hasta qué punto crees que existe una carga de ingenuidad o de inocencia en tu trabajo? ¿Cómo se manifiesta?
Además de una belleza perturbadora en mis obras, siempre hay ingenuidad, pero elevada a ironía pura. Y se manifiesta igual que los mecanismos de la publicidad. Me gusta ser ingenuo e irónico a la vez, no ir al choque, porque ya los colores que utilizo chocan en el ojo del espectador. Sin embargo, a muchos mi obra les resulta chocante pero atractiva a la vez, por el uso desmedido de imágenes e información. Mi técnica me permite trabajar con imágenes de todo tipo y combinar esa ingenuidad e ironía de las que hablábamos antes.
¿De todas las disciplinas a las que aludes –música, cine, publicidad, cómic, moda, animación, política, periodismo–, a cuál te sientes emotivamente más cercano y por qué?
Publicidad, moda y política son los ítems que más hay en mi trabajo. Para mí los tres están muy relacionados entre sí, y son los que más uso de forma directa e indirecta. La publicidad se manifiesta en mi obra porque trabajé quince años como director de arte en agencias del ramo y los últimos dos fueron para una marca de ropa interior. La política me interesa porque, aunque no quiera, vivo en una sociedad con leyes dictadas por gobiernos que elegí, o no elegí, o me los impusieron. Pero la publicidad es lo que más ha marcado mi trabajo y no reniego de ella, sino que la utilizo, la digiero y la proceso de forma irónica e informal. La publicidad es hoy el camino para dar a conocer todo, no solo los productos de consumo básicos, sino también para vender políticas y sistemas. Es un arma peligrosa que en manos interesadas o poco claras puede hacer estragos en el pensamiento de la sociedad. Es increíble ver cuán feliz se siente la gente por tener el último modelo de celular o la cartera más original.
Trabajas sobre soportes y formatos tan diversos como pintura, serigrafía, fotografía, intervención de objetos, instalaciones, carátulas de discos y con gráfica de marcas de moda. ¿Cómo funciona para ti ese paso del oficio más tradicional del trabajo en el taller a lidiar con objetos y marcas que responden plenamente a objetivos de mercado?
Me gusta trabajar en distintos soportes, primero porque me aburro de lo mismo, segundo porque algunas ideas necesitan de un soporte específico, y tercero porque me gusta investigar en cosas que encuentro o voy aprendiendo, como la serigrafía. No me afecta pasar de un método a otro, sino que nos enriquece a mí y a la técnica que vuelvo a utilizar.
Últimamente muchos elementos y materiales me han llegado por ósmosis; por ejemplo, hace dos años un coleccionista peruano me regaló más de mil revistas Life, y eso hizo cambiar muchas de mis imágenes e ideas, me sirvió no solo como material palpable sino también intelectual.
Las marcas son otro tema, siempre tengo ofertas de distintas empresas para embellecer ciertos productos… pero no es tan fácil, y cuando les explico que no se trata solamente de poner la imagen sino de desarrollar una idea no lo entienden. Entonces, si la marca está dispuesta a hacer lo que yo digo y a tenerme confianza, entonces sí nos ponemos de acuerdo, y es así que el resultado final tiene un concepto, y no es un simple cuadro puesto en un producto. De lo contrario, hubiera seguido acatando las ordenes del departamento de márketing de una empresa, y eso no sería arte. Lo interesante de las marcas es que posibilitan más visibilidad en lugares y a personas que nunca entrarían a un museo o galería.
Siendo un artista relativamente joven tienes una obra muy extensa. ¿Cómo funciona tu proceso de trabajo? ¿Trabajas bajo un régimen de mucha disciplina o intentas volcar más tu atención hacia sensaciones y acciones de un momento específico?
Trabajo bastante, me gusta y disfruto mucho cada minuto. Lo que hago es más que un trabajo porque mis sensaciones e ideas son llevadas a un plano material sin ningún tipo de condicionamiento ni órdenes de mercado. Yo pinto porque me gusta, no porque venda. Suena raro pero es verdad, también hay quien pinta y no vende, y eso no lo hace menos artista. Saber que no hay sueldo, aguinaldo, vacaciones ni obra social convierte mi quehacer en una aventura. Llego muy temprano al taller y siempre hay cosas pendientes, tengo dos o tres proyectos a la vez, lo que me genera una adrenalina especial. Siempre estoy tomando notas, me sirve no solo para no olvidarlas, sino también para depurarlas. No tengo momentos especiales de inspiración, nunca sé cuándo viene, pero seguro que es produciendo.
¿De qué manera crees que se diferencia tu obra de la de toda esa suerte de movimiento “neo-pop” –por llamarlo de algún modo– que tuvo un fuerte auge en ciudades como Lima en la última década?
Me diferencio por varias razones, primero porque no me considero “pop” ni “neo-pop”, no me gustan las etiquetas, lo que hago es Roncoli y no hay otro igual. Las personas y el mercado necesitan etiquetar las cosas y los movimientos artísticos, y cuando ven color y algo de crítica al consumo juntos te dicen que eres “pop”. Incluso no me siento cercano a Warhol, pero sí a Robert Rauschenberg. Ahora bien, ¿cómo me diferencio? Creo que en no encasillarme, en no parar de investigar y creer que encontré una fórmula, porque en el arte no hay fórmulas. Trato de que el arte rompa la cinta de Moebius y se encuentren nuevas formas de expresarse, no de repetirse. Pero en teoría suena fácil, en la práctica es pura pasión y trabajo.
¿Cómo ha sido tu experiencia de trabajo con artistas aquí en el Perú? ¿Qué similitudes y diferencias percibes entre el movimiento cultural local –en términos generales– y el de ciudades como Buenos Aires, por ejemplo?
Siempre es bueno viajar, se abren puertas y las experiencias que vives se ven reflejadas en la obra, pero venir a Lima es especial, y no solo por la comida maravillosa, sino por las personas que he ido conociendo.
Noto en las inauguraciones mucha hambre de cultura y de conocimiento, los más jóvenes se me acercan de forma respetuosa para aprender o intercambiar experiencias; en cambio, en otras ciudades como Buenos Aires, son más tímidos.

