ARTISTA

Carlos Cruz-Diez (In)formed by color

Por Claire Luna

Domingo 2 de noviembre de 2008 por Camaleon

Idealmente hubiéramos querido que nuestro análisis permitiera al lector tener una idea de la experiencia sensitiva que uno puede vivir ante los dispositivos elaborados por Carlos Cruz-Diez en su exposición en Americas Society, Nueva York: Carlos Cruz-Diez: (in)formado con colores. Lamentablemente, habida cuenta de las características físicas y plásticas de las obras esto resulta improbable. Efectivamente, al no tratarse de una pintura figurativa, esta no nos permite penetrar la historia representada en la obra (lo que se suele reconocer como el nivel intradiegético o diegético1 de la obra), sentarnos con los personajes, hablar con ellos… como lo hacía Denis Diderot, el famoso humanista y fundador de la crítica de arte en Francia en el siglo XVIII, quien comentaba, en su famoso Salon, las obras de las exposiciones a las cuales su amigo alemán Grimm no podía asistir. En el caso de Cruz-Diez (Caracas, 1923), no se trata de hablar o interpretar una historia –en otras palabras, de introducirse en un espacio diegético–, sino de vivir una experiencia visual, física y fisiológica en un tiempo y en un espacio determinados.
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Vista de la instalacion en vitrina con un Cromoscopo
2008. Americas Society, Nueva York.

Como se sabe, la pintura del artista venezolano, a partir de los años cincuenta, deja de ser figurativa para abrirse camino hacia una reflexión sobre el color; teoría que ha venido desarrollando a lo largo de su carrera, elaborando incluso un vocabulario específico para nombrar cada una de sus invenciones o procedimientos, dando lugar a series de obras que él mismo define como “estructuras o soportes de un acontecimiento, de una situación abierta que evoluciona”. Cabe destacar, como nos lo recordó Estrellita Brodsky, curadora de la exposición, que antes de experimentar esa nueva dimensión del color, Cruz-Diez trabajaba en el tema folclórico.

La exposición presenta cuadros de una serie que el propio artista llamó fisiocromías y que empezó en el año 1959. Las fisiocromías –que la mayoría de historiadores reconoce como un hito importante en la evolución de la obra del autor– son estructuras de láminas muy delgadas de maderas pintadas con diferentes colores, que varían según el desplazamiento, el movimiento del espectador, y según la luz, eléctrica o natural, que recibe y refleja el objeto. La fisiocromía “se aprecia en el plano (gracias a sus pigmentos) y en el espacio (gracias a sus proyecciones de color-luz)”2. Jean Clay se refiere a la fisiocromía como a una “pintura en el espacio donde los colores se mezclan por delante de la tela”3.

“Mil cuadros se pueden ver en la superficie de uno”, añade Clay en el segundo video proyectado en la muestra4.

Como se puede observar en el primer video5, que recorre la vida y la obra de Cruz-Diez desde su infancia, la elaboración de una fisiocromía exige un trabajo previo, largo y minucioso que requiere, como el conjunto de su obra en general, un rigor científico, así como nociones científicas de física, biología, química, geometría del espacio, etc., dominios que, a priori, no tendemos a asociar directamente con el arte. Su trabajo debe mucho también a las artes gráficas, sobre todo a la fotomecánica y a la fotografía a colores, según refiere el propio artista, quien trabajó hasta finales de los años sesenta en empresas comerciales vinculadas a esta actividad.

Así como el desplazamiento físico, se entenderá que la distancia entre el espectador y la obra es también un parámetro fundamental tanto para su existencia como para su apreciación y, en consecuencia, el espectador resulta ser, en palabras de Alfredo Boulton, “un instrumento biológico del arte”; el ser humano se vuelve un “factor plástico”6. La obra adquiere vida solamente bajo la mirada del espectador: “es la primera vez que, en la historia de la pintura, el espectador se ve obligado a participar en el cambio, integrándose a la obra de arte mediante su visión a través del espacio que lo separa de ella y formando parte, en este proceso, de la materia artística en si”7.

A inicios de los años cincuenta, interesado ya por una problemática del cambio (concepto inherente a la vida contemporánea: vivimos en “una sociedad del momento, del acontecimiento, de la mutación y de lo efímero”, reconoce Cruz-Diez ), por las formas en movimiento, concibió obras manipulables como ese mural que solicitaba la participación activa del espectador, invitándolo a desplazar cilindros de madera de diferentes colores. El proyecto del mural (1954) está expuesto en la presente muestra al lado de Formas en el espacio (1957), una obra menos conocida por el público en general: se trata de una pintura en dos dimensiones con motivos geométricos, de cuando el artista todavía usaba el color como subordinado a –o esclavo de– una forma.

Rápidamente, en la obra de Cruz-Diez, la pintura deja de ser un soporte bidimensional, plano, recubierto de colores. El pintor sigue usando el bastidor y los pigmentos pero otorgándoles otro significado, otro sentido: proyecta el color en el espacio. Si todavía usa el color material como médium artístico (en sus fisiocromías), interesado por la naturaleza inestable del color, se plantea estudiar el color físico. A partir del análisis de los mecanismos visuales, retinianos, crea situaciones y/o ambientes que invitan al espectador a experimentar una nueva dimensión.

(...) artículo completo en la revista


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