
- Las dos Anas.
- Lima, Perú, 2002
McCarthy comienza en el arte a través de la pintura, la cerámica y el grabado. En 1987 la fotografía la seducirá para convertirse en su exclusivo medio de expresión. El retrato, de larga tradición en la historia de la manifestación, devino en la vía para volver la mirada sobre sí: develarse al mundo para intentar entenderlo. Dejar la piel al descubierto, fundida a la película fotográfica como una segunda capa protectora, frágil límite ante lo real (Vuela el alma, 2001). Sus imágenes son entonces estadios de conocimiento, en la medida en que el rostro, el cuerpo, el objeto refieren experiencias vividas o escenificadas, quimeras, incertidumbres (Mis sueños tienen tus ojos, 1996; La última escena, 2006).
La fotografía le ha permitido, asimismo, revisitar la historia familiar e incidir en la construcción de la memoria. Al apropiarse de fotos de sus antepasados (padre y abuelo respectivamente) e insertarse por propia voluntad como parte de la imagen, funda un nuevo recuerdo, íntimo, personal, irrepetible (On the road, 1935 o La jugadora, 1938-1939). La tonalidad sepia-siena de muchas de estas imágenes puede verse como una actitud nostálgica, una evocación que trasciende hacia lo atemporal, aun cuando se refieran fechas y lugares. Sin embargo, estas fotografías son una suerte de desdoblamiento emocional que pretende recuperar en el “documento” fotográfico tres generaciones, una vida.
El tema de la herencia, el legado transmitido de padres a hijos, pasa a ser central también en imágenes donde la relación con la madre (El amor en mi memoria, 1994) o la descendencia (Madre e hija, 2008) magnifican y proyectan el espacio de la memoria, lo heredado.
Anamaría McCarthy trabaja sobre su cuerpo, sí, y lo vuelve receptáculo, fuente, vehículo para el tránsito entre la realidad y la fábula. En Madre e hija la gran escala (90 x 240 cm) pone en entredicho el carácter intimista del acto de traspaso. Aquí lo íntimo, relacionado con el autorretrato, se ve violentado por las dimensiones de la pieza. En otras ocasiones recubre su cuerpo en un juego de enmascaramiento, que busca transgredir el límite corporal, transformar su visibilidad en ocultamiento.
Nahela Hechavarría Pouymiró Directora de Artes Plásticas Casa de las Américas, La Habana, Cuba

